El inicio de año siempre causa expectativas, produce sueños y oportunidades en la mente de cada una de las personas que confían en el viejo y conocido adagio popular, “año nuevo, vida nueva”. Como era de esperarse el año 2020 no fue la excepción, incluso para muchos sectores eclesiales, el final del año 2019 cerró con una premisa, “año 20-20, visión perfecta de Dios”.

Lo que nadie imaginaba era que mientras muchos soñaban con grandes proyectos para el 20-20; en la ciudad de Wuhan, China, justo en diciembre de 2019, rondaba en los aires el (SARS-CoV-2), que según publicaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), conoceríamos como una enfermedad infecciosa causada por el coronavirus llamada (COVID-19).

Diciembre transcurrió en total normalidad, para algunos, específicamente en Colombia – Bogotá, en donde tiene origen esta nota…Mientras avanzaba el primer trimestre del año, en las noticias ya se veían cerrados los mercados de mariscos de la provincia de Hubei en la ciudad de Wuhan, como medida sanitaria por muestras positivas de alguna nueva enfermedad, de la que aún no se tenía claridad de sus síntomas y mucho menos los cuidados a implementar.

El nuevo año inició y aunque las declaraciones empezaban a colocar en alerta a muchos colombianos, en este país se aplicaba la ley de “mientras no sea uno de los míos, no me afecta”. Hasta ese entonces, todo ocurría en China, y nuestra mente estaba lejos de recordar que mucho

del comercio que se mueve en Colombia, tiene un gran epicentro en China.

En un principio se pensó que el brote epidémico podría ser controlado a nivel local en China, pero el COVID-19 empezó a difundirse rápidamente en decenas de países del mundo, durante los primeros meses del año 2020. Ante la rápida velocidad de crecimiento y propagación de la epidemia, el 30 de enero de 2020, la OMS declaró al brote como una Emergencia de Salud Pública de Interés Internacional (ESPI).

En Colombia no había registro o conocimiento de nuevos virus respiratorios, sin embargo, para el primer trimestre del año, según el DANE: “se reportaron 2.135 fallecimientos por neumonías e influenzas”. No obstante, la primera muerte por causa del virus en Colombia, sólo se reportó hasta el 16 de marzo de 2020. Un hombre de 58 años que trabajaba como taxista, quien después de transportar a turistas italianos, presentó los primeros síntomas de tos con expectoración, fiebre y dificultad respiratoria.

Para el mes de marzo del 20-20, ya era oficial, el primer caso de COVID-19 había llegado a Colombia para transformar los sueños de muchos y por qué no decirlo, acabar con los propósitos de otros.   El   11   de   marzo   la    propagación  del COVID-19 según declaraciones de la OMS era oficialmente una pandemia.

Esta declaración logró que todos saliéramos de nuestra mentalidad individualista, para entender que nos había tocado ser protagonistas de la pandemia de este siglo. El termino de pandemia, indicaba que la situación se había salido de control, no solo se luchaba con controlar el virus para proteger la vida, también pasamos de los trancones y la congestión peatonal, al cierre obligatorio de colegios, universidades, fábricas, empresas, hasta la recesión económica y la lucha por sobrevivir con lo que aún quedaba en las alacenas; el país había entrado en crisis, las

 

familias en conflictos, los estudiantes junto con sus maestros, en la precariedad y la economía, en la decadencia absoluta.

No es la primera vez en la que estamos expuestos a una amenaza global por virus que atenten directamente contra la salud o la humanidad, para muchos historiadores estas epidemias tienen un periodo de ocurrencia aproximado de cada cien años. Entre los más conocidos y destacados a nivel histórico está: la peste negra, a mediados del siglo XIV (entre 1346 y 1353). Las pérdidas humanas alcanzadas por esta peste son escalofriantes, según los datos que manejan los científicos, la península Ibérica habría perdido entre el 60 y 65% de la población, en la región italiana de la Toscana entre el 50 y el 60% población y finalmente, Europa quien pasó de 80 a 30 millones de personas.

Todo esto sin hablar de la viruela, enfermedad que además de grave, fue muy contagiosa, y llegó a tener una tasa de mortalidad de hasta 30%. Posteriormente, la gripe española a finales de la primera guerra mundial, llegando a morir, a nivel mundial entre 20 a 50 millones de personas, incluso según historiadores, posiblemente, alcanzó los 100 millones de personas. Después, llegó la gripe asiática o el virus de la gripe A (H2N2) de procedencia  aviar,  apareció  en 1957 registrando un millón de muertos en todo el planeta.

Años después, aparece la Gripe de Hong Kong, una variación del virus de la gripe A (H3N2), esta nueva cepa dejó un millón de víctimas. Entre las últimas pandemias, podemos registrar el Virus de Inmunodeficiencia Adquirida (VIH), más conocido como sida, y con el cual nos hemos acostumbrado a convivir, aproximadamente, ya lleva más de 25 millones de muertes en todo el mundo, y continúa entre nosotros sin cura posible.

Volviendo con nuestra pandemia actual, por estos días hemos convertido en famosa una nueva frase “cuando todo esto pase” … pero recordando cada enfermedad, nos es necesario entender que estamos en la nueva normalidad, hay que hacer modificaciones e implementaciones si queremos continuar con nuestra cotidianidad.

Y es aquí donde notamos que cada nueva amenaza humana, evidencia que los cambios no solo deben ocurrir en nuestros hogares, sino en los lugares en donde mantenemos la mayor parte de nuestro tiempo; el sector laboral.

Hoy hay un gran detonante a nuestro favor, aunque sigue siendo catastrófico seguir nuestra normalidad en medio de una crisis humanitaria, sin recursos hospitalarios, ni cuerpo médico; hoy en el sector laboral al que muchos durante el 2020 en algún momento rogamos por volver sin importar la pandemia, en su gran mayoría y por reglamentación del sector trabajo las empresas y/o empleadores formales cuentan con una implementación de un sistema de gestión de seguridad y salud en el trabajo (SG-SST), el mismo que está en pro de la promoción de la salud de los trabajadores, fomentando ambientes de trabajo adecuados y seguros, enfocados a la prevención de accidentes y enfermedades laborales, fortaleciendo el bienestar y la protección del trabajador.

No obstante, al hacer esta descripción, queda un sin sabor, y es el de estar describiendo un juguete

¡espectacular!, del que nadie ha leído sus instrucciones y por lo tanto no sabe a cabalidad cómo usarlo correctamente, por lo tanto, no ha logrado disfrutarlo ni sacarle el provecho, como dicen por ahí coloquialmente.

Hoy, y a raíz de esta pandemia llamada COVID- 19, una vez más se puede resaltar que dentro de los alcances del (SG-SST), encontramos disposiciones de seguridad e higiene industrial que todo el tiempo promueven la prevención de accidentes, como consecuencia de las actividades de producción …en pocas palabras, busca que

 

tengas la tranquilidad de que mientras trabajas puedas estar seguro.

Sin embargo, es de aclarar que toda regla tiene su excepción, y es aquí donde se hace necesario ahondar. Es importante entender que (SG-SST), está en pro del trabajador, pero también establece responsabilidades por parte del empleador y los trabajadores, y mientras entre estos dos agentes no haya una comunicación bidireccional, oportuna y sincera, ninguna implementación por buena que sea, cumplirá su objetivo.

Y esto fue algo de lo evidenciado en la pandemia; el COVID-19 cuyos síntomas como fiebre, tos seca, cansancio, y dificultades respiratorias, logró que se implementaran las buenas prácticas de higiene como la desinfección masiva de las áreas de trabajo habituales, el relegado lavado de manos y el uso de un (EPP) adicional e imprescindible como lo es hoy el protector respiratorio, mascarilla de protección facial o como lo conocemos comúnmente, tapabocas.

Todo esto con el fin de evitar contagiarnos a través del contacto con esas pequeñas gotículas expulsadas por nuestra boca y nariz, al hablar toser y hasta reírnos.

En el sector laboral, el protector respiratorio entraría a ser parte de los Elementos de Protección Personal (EPP), y aunque en algunos lugares a nivel hospitalario y alimenticio ya eran de uso cotidiano, jamás imaginarían que pasarían a ser imprescindibles para salir o ingresar a un lugar, incluso para salvaguardar su vida

Hasta aquí no hay ninguna novedad, más allá de un nuevo (EPP); pero volvamos a la parte de la comunicación bidireccional para la eficacia de un sistema de gestión, cuántos de los que estamos expuestos a esta pandemia, y a la implementación de los tapabocas nos enfrentamos a diferentes problemáticas por el uso de estos elementos.

Es un sarcasmo social saber que debemos usar un elemento como medida de protección, aun sabiendo que incomoda, ahoga, acalora, se resbala, me queda grande, no puedo usarlo junto con mis gafas que son de uso permanente, e incluso, genera enfermedades dermatológicas como «maskné»…pero usualmente         escuché,          “qué prefieres, una mascarilla, o estar conectado a un respirador mecánico”; en este orden de ideas, la decisión no es muy compleja, ¿verdad?

A pesar de lo anteriormente dicho, si hay mucho campo por abarcar en cuanto a estas implementaciones a nivel laboral, sabemos que un (EPP) tiene como objetivo promover el cuidado de quien lo usa, y aunque son de uso obligatorio, no por ello estamos bajo una cláusula en donde se diga que está prohibido reportar cuando un elemento de protección personal no es el adecuado, ya sea porque no es ergonómico, de tu talla, o en este caso del tapabocas, porque me queda grande, pequeño, no es del material y diseño correcto o genera alergias y problemas dermatológicos.

El COVID-19 era algo que no contemplábamos dentro de ése año perfecto que habíamos planeado, y menos que se extendiera más de 12 meses ya, pero si es de resaltar entre los aspectos positivos, por ejemplo, que dentro del área laboral, por lo menos, los trabajadores tienen temor de reportar y exponer las inconformidades surgidas por el uso de los (EPP), esto incluso hasta preferir no usarlos sin importar las consecuencias que puedan ocasionarles, temen reportar algún síntoma si en cuanto a COVID se refiere, tienen temor de perder sus trabajos, y más ahora que la economía ha sido fuertemente golpeada por esta pandemia.

Sería excelente decir, que este miedo ha surgido hasta ahora, pero tras años de observar las jerarquías y el funcionamiento de las cadenas de mando de las empresas, es notorio que es algo que viene ocurriendo desde hace mucho tiempo, por ejemplo en los sectores de beneficio de aves, constantemente están en áreas de evisceración para las que deben usar guantes de malla de acero, y los operarios en algunos casos prefieren no usarlos ya que les quedan grandes porque aseguran que su empleador solicito una talla grande, para hacer un pedido estándar, “claro es su versión”, porque es un reporte que nunca ha llegado a oídos del contratante, y volvemos al mismo punto, ¿por qué no reportan?, “no es importante, yo siempre tengo cuidado”, aseguran.

Si nos vamos al sector de construcción y reparaciones locativas, en donde parte de sus (EPP) son botas punta de acero, notamos que, en muchas ocasiones no son usadas ¿por qué?, “son de mala calidad, siempre hacen que me resbale y se rompen muy rápido”.

De esa misma manera podemos seguir hablando de muchas áreas y lugares de trabajo, escuchando un sin fin de testimonios de la experiencia de cada trabajador, y los accidentes o las razones por las cuales los operarios prefieren no cuidarse con los elementos que la empresa dispone para hacerlo.

Pero, ¿cuál es la parte del empleador? Desde las políticas del SG-SST que se revisan y actualizan cada año junto con el plan anual de trabajo y el cronograma de capacitación y entrenamiento, la empresa en cabeza de su gerente y/o representante legal, busca promover un ambiente responsable y seguro disponiendo recursos, para la correcta realización de las funciones de sus trabajadores; sin embargo, es importante recalcar que dentro del cumplimiento de estos estándares mínimos de del SG-SST, establecidos en la Resolución 0312 de 2019, hace falta mencionar o generar conciencia, en la importancia de que toda empresa, y personal a cargo de la misma debe involucrarse de forma directa con sus trabajadores, sus funciones y por lo tanto conocer sus necesidades básicas en el momento de cumplir adecuadamente la función asignada.

Con esto, volvemos a la premisa inicial “de nada sirve un espectacular juguete, si no podemos sacarle todo el potencial”. Lo mismo pasa con un sistema que identifica los incidentes de trabajo, si no cuenta con el respaldo de un conducto regular que apoye la implementación de la estrategia para que el accidente o enfermedad laboral no se materialice.

Todo vacío es una oportunidad lista para accionarse, y aunque la pandemia ha dejado catástrofe a su paso, también podemos a través de ésta aprovechar los aprendizajes logrados, como por ejemplo, la necesidad de velar por la integridad del otro porque también depende de mí, aprovechar cada segundo de vida, y recordar que lo más importante sigue siendo la familia; y en nuestra realidad social, gracias a sus jornadas de trabajo, el ámbito laboral se convierte en una familia, con la que convivimos mucho pero hablamos poco, por temor a expresar o no saber cómo hacerlo.

Hoy que bueno sería poder decir: no es sólo productividad son vidas, es seguridad, es salud, y vale la pena hacer reformas, crear conciencia y cuidarnos los unos a los otros, y más ahora que la pandemia amenaza con no querer irse.

Desde el Sistema de Gestión, hay un compromiso con la empresa y el trabajador; según Edward De Bono “La comunicación es normalmente un proceso doble: por un lado, alguien trata de enviar un mensaje; por otro, alguien trata de entenderlo” … y tú ¿quieres contribuir a la implementación de un correcto sistema?

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